
En aquel boulevard las licorerías eran abundantes. Mientras que los mayores pasaban horas en ellas, tomando una
copita, los niños jugaban en el parque que había en la calle paralela. Era realmente genial para los niños, un pequeño riachuelo lo cruzaba, muchos de los chicos se daban un baño apresurado sin que sus padres lo supiesen, aunque lo descubriesen luego al ver la ropa mojada por el contacto con el cuerpo todavía húmedo.
Por aquel boulevard paseaban las personas más notables e ilustres del momento. Se dejaban ver con sus mejores galas, saludando casi a cualquier persona, para que todos viesen que eran personas conocidas. En muchos casos así era. En otros simplemente se aparentaba serlo.
Por la noche, cuando los niños ya no jugaban en los parques, las farolas del boulevard emulaban las luces de una gran pista de aterrizaje. Los mayores aprovechaban para dar un último paseo, tomarse la última copita o para asistir a alguna de las prestigiosas fiestas del hotel Gran Slod, situado en el centro del boulevard.
El boulevard se había convertido en un enorme escaparate, un escaparate de ropa de lujo. Mientras los más ilustres personajes se dejaban ver por allí, la gente que vivía en la vida real no podía hacer otra cosa que no fuese mirar con cierta envidia e incluso con indiferencia. Muchos ni se molestaban en pasar por el boulevard, con tal de evitar miradas molestas, miradas que se pegan en la espalda, preferían no saber nada de aquel oasis.
La vida real no estaba muy lejos. Sólo dos calles la separaban del enorme escaparate. Dos calles pueden parecer todo un mundo, pero no lo son. Son más bien el pasillo entre dos mundos totalmente diferentes. En este nuevo mundo, el de la vida real, también había licorerías, pero a diferencia que en las licorerías del boulevard los clientes no entraban para tomar una copita mientras que escuchaban música de piano en directo, entraban para saciar su sed. Su sed de reconocimiento, su sed de poder, de fama, de orgullo, de derecho. Una sed que ningún licor podría aliviar, aunque parecía que los clientes no sabían esto último. Víctor, el camarero de una de las licorerías situadas a sólo dos calles del boulevard sabía que ahogar las penas en alcohol nunca fue una solución, más bien alimenta el problema.
En la vida real, igual que en el gran boulevard, también había hoteles, pero estos no ofrecían lujosas fiestas a altas horas de la noche. Sin embargo ofrecían algo que el Gran Slod no ofrecía: indiferencia. Eran refugios fantásticos para aquellos que no querían ser encontrados, cada una de sus habitaciones era una trinchera en medio de una lluvia de balas.
El hotel Lorgnads, situado a pocos metros del bar en el que trabajaba día y noche Víctor, ponía mucho énfasis en este servicio de indiferencia. Al ser un pequeño hotel con poco más de dos docenas de habitaciones podría dar la impresión de que todo estaba muy controlado, que se sabía quién entraba, quién salía, cuando salía, etc. Nada de esto ocurría. El pasotismo de los que allí trabajaban era total, no tenían absolutamente ningún interés en saber quien se alojaba allí o cuáles eran sus intenciones, lo único que les importaba era que pagasen sus cuentas antes de marcharse.
En esa misma calle, cuando el sol se escondía, también había gente paseando, aunque muy distinta a la que paseaba por el boulevard, sobre todo en sus intenciones. Las farolas de la calle se convertían en muestrarios ocasionales para las mujeres que vendían un poco de contacto humano, o directamente sexo explicito. Los que por allí paseaban solían ser consumidores de estos placeres en potencia.
Sara había estado en una de esas farolas durante un par de horas. En ese periodo de tiempo no se le había presentado la oportunidad de captar ningún cliente, algo que le extrañó mucho, ya que sus voluminosos pechos solían ser un reclamo muy efectivo. Las gentes que habitualmente paseaban por ese lugar la habían calificado como la chica más bonita del oficio. Su tez blanca emulaba a la fría porcelana, sus carnosos labios, pintados de rojo, no destacaban debido a sus impactantes ojos azules. Su cara era pura armonía, de una sola mirada era capaz de enamorar a cualquiera. Aquella calurosa noche Sara había decidido vestirse con la menor cantidad de tela posible.
Durante las dos horas que estuvo apoyada en aquella farola, Sara no paró de decirse a sí misma que tenía que dejar ese trabajo. Había empezado hacía tres años, cuando ella era una estudiante insolvente. En un principio el trabajo le proporcionaría dinero para poder costearse la carrera de bellas artes, pero finalmente, tres años después, se encontraba encerrada en esa rutina y con los estudios aparcados. -No puedo dejarlo, necesito el dinero-, decía para engañarse. Sabía muy bien que Jon, su chulo, y las violentas manos de Jon eran las auténticas razones por las que no podía dejar el trabajo.
Finalmente llegó un cliente, un hombre extraño que la invito a entrar en el Lorgnads con las mínimas palabras posibles. Para Sara era un alivio, para aquel hombre también lo sería.
No fue difícil hacerse con una habitación, la habitación 14, situada en la primera planta. Una vez dentro Sara le informó a su cliente de las tarifas con las que solía trabajar. El hombre hizo un gesto de aprobación, o eso creyó entender la joven. Él se sentó en la cama. Ella se quitó la minúscula camiseta dejando sus atributos al aire. Parecía que sus tersos pechos lidiaban contra la gravedad.
-Eres preciosa-, se limitó a decir el hombre mientras la observaba – Y sé muy bien de lo que hablo, soy artista-.
Sara estaba sorprendida, aquella era la frase más larga que el hombre había dicho en el rato que llevaban juntos.
-¿A sí?, ¿Artista?- Dijo Sara mientras que se acercaba cuidadosamente, con pasos cortos, como si el suelo se fuese a caer. Se sentó encima del hombre y apoyo sus pechos en él. Acercó su boca a la suya, y le susurró: -¿Y qué hace mi artista? ¿Pinta? ¿Esculpe?- Sus labios rozaban los de aquel hombre cada vez que salía de su boca una palabra.
-Enseguida lo verás- Dijo el hombre. Cualquier otro hombre en aquella situación no habría podido articular ni una sola palabra, pero aquel tipo parecía no inmutarse. –Tú serás mi obra- Dijo mirándola fijamente a los ojos.

¿Continuará?